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Rutas argentinas II

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Las opciones que ofrece nuestro país son tantas que nos vimos en la necesidad de dar una segunda entrega de esta nota. La gastronomía se suma a la belleza de la naturaleza para ofrecernos circuitos únicos y cautivantes.

 

Por Marysol Antón

 

Si la idea es recorrer la Argentina, cada provincia ofrece más de un circuito. Por eso, organizar viajes temáticos es tan tentador, sin importar de qué estación del año se trate. Incluso, lo más curioso es que se puede encarar distintas rutas, unidas por un mismo hilo conductor, pero que se desarrollen en diferentes puntos geográficos del país.

Por ejemplo, cada provincia tiene su circuito de misterio y en cada una hay “personajes” claves que hacen a su acervo cultural. También, el turismo religioso tiene una gran presencia en el norte y centro del país, con las diferentes improntas que dejaron las religiones. Por supuesto, el vino es uno de los productos gastronómicos que más protagonismo tiene, acompañando mayormente, la línea de la cordillera de los Andes.

Ahora bien, vale la pena dejarse llevar por alguna de las tantas rutas argentinas. Acá les contamos solo unas pocas de nuestras preferidas:

La Rioja: El Olivo

Es una de las más nuevas, su nacimiento todavía no cumplió un año. Esta ruta busca articular diferentes sectores para generar sinergia entre el turismo, la industria y la producción, todo mirado muy de cerca por el gobierno provincial.

Esta acción busca posicionar a la aceituna -como ingrediente infaltable en la mesa- y al aceite de oliva, como dos productos gastronómicos que los argentinos consumen a diario. Todo esto con una variedad como protagonista: la Arauco.

¿Por qué en La Rioja? Esta provincia posee más de 27.000 hectáreas de olivo, y hace más de 400 años que este cultivo se viene desarrollando en sus tierras. Además, la provincia es líder en las estadísticas nacionales respecto a la cosecha, la producción y la comercialización.

Un detalle importante: La Rioja también ostenta un monumento nacional, el olivo más antiguo del país. Es un árbol copudo e imponente que aún da sombra en Aimogasta, al norte de la provincia.

Con esta nueva ruta los turistas podrán conocer de cerca la producción de esta aceituna, degustar sus variedades y conocer cómo se fabrica el aceite de oliva y las diferencias entre las distintas prensadas.

Para los momentos de relax, los visitantes podrán disfrutar de la olivoterapia, un tratamiento para mejorar la piel y ayudar a descansar el cuerpo. ¡Imperdible! Y se puede complementar con algunas cremas realizadas a base de, claro está, olivos.

Misiones: La Selva

Esta ruta es apta para aventureros y amantes de la naturaleza, pues todo los sorprenderá. Para comenzar, lo mejor es tomar la ruta nacional 101, que une las ciudades fronterizas de Puerto Iguazú y Bernardo de Irigoyen. Este recorrido cuenta con más de 150 kilómetros de pura selva.

Es un opción perfecta para quienes quieren pasar más días en Misiones luego de visitar a las reinas: las Cataratas del Iguazú. Tomar la 101 implica adentrarse en el Parque Nacional Iguazú, y también en los provinciales Yacuí y Urugua-í.

En todo el recorrido abundan dos colores: el colorado, de la tierra, y los distintos tonos de verde que se superponen en forma de capa en la selva. El resto de la paleta lo pone la flora y la fauna, que son compañeras infatigables de esta ruta.

Para descansar, del ajetreo y del calor agobiante que puede ofrecer Misiones, nada como sentarse bajo la gran copa de Sombra de Toro, un árbol cuyo tronco suma más de 4 metros de diámetro y tiene una altura de 47 metros. Los lugareños aseguran que lleva más de 1500 años con sus raíces firmes allí.

En este descanso, se puede disfrutar de reviro acompañado de mate cocido quemado con carbón. Un gusto muy singular de la zona, y que todo visitante debe tomar.

Si la botánica es parte de sus intereses, la provincia ofrece una gran variedad de orquídeas, que, además, son una planta que indica la pureza del ambiente. Así que su presencia siempre es motivo de festejo. Para que esto se sostenga, por ejemplo, esta ruta tiene el único ecoducto de Latinoamérica, un túnel cuya finalidad es la preservación de fauna silvestre.

Ya finalizando la ruta, en el Cañón del Asentamiento, hay un sendero turístico y ecológico que ostenta el lujo de tener cuatro cascadas, la más alta de ellas de 62 metros. Esta zona es perfecta para sacarse las ganas de hacer trekking entre el verde. Quienes aman el agua pueden probar también haciendo canyoning, rapel, cascading y tirolesa.

Tierra del Fuego: De los naufragios

El viento sopla inclemente y la neblina hace que el misterio se apodere de la imaginación de todos los visitantes. La inclemencia climática es, sin dudas, un ingrediente protagonista en esta ruta, tanto como los barcos que aún muestran sus esqueletos, en parte, y otro tanto se ocultan bajo la marea alta.

Incluso, alguno de ellos hace más de 125 años que lucen sus infortunios, tal como lo hace el Duchess of Albany, que una noche de invierno de 1893 terminó sus aventuras frente a las costas de la estancia Policarpo, en la Península Mitre.

Otro que terminó sus días en el Sur de nuestro país es el carguero Desdémona, que fue construido en Hamburgo en 1952, pero que quedó varado en la costa del Cabo San Pablo. Aún hoy, cuando la marea está baja, es posible adentrarse en su estructura y tratar de conocer sus secretos.

Un naufragio centenario es el del vapor Sarmiento, que en 1912, chocó contra las rocas del canal de Beagle. Su casco oxidado sigue inamovible allí donde navegó por última vez, pero algunos de sus restos se pueden ver en el Museo de Ushuaia.

Si lo que se busca es tener una experiencia completa, se puede ir al aeródromo de Ushuaia para llegar a los naufragios en helicóptero. Un valor agregado del vuelo es la vista increíble que ofrece la altura y ver, por ejemplo, cómo el macizo andino se hunde en el mar.

Neuquén: De los dinosaurios

Es para niños, pero también para adultos. Es mejor que Jurasic Park, y tiene la grandiosidad de estar en nuestro territorio. Por todo esto, Neuquén supo apreciar a los dinosaurios, y así se los puede ver en museos, pero también explorar los terrenos para descubrir, como un gran paleontólogo, los huesos originales de los antiguos habitantes.

En Villa el Chocón, a una hora de la capital neuquina, están los restos del Cretácico. Allí, el Museo Municipal Ernesto Bachmann tiene piezas originales y réplicas de dinosaurios carnívoros y herbívoros. La gran atracción es el Giganotosaurus, el orgullo de la ciudad, un carnívoro de 14 metros de largo. Se muestran sus restos originales y además una réplica de este enorme terópodo.

Para dar cuenta de la variedad de dinosaurios de la zona, en El Chocón se pueden ver los restos de los herbívoros de cuello largo: el Choconsaurus, el Neuquensaurus, el Bajadasaurus y el Amargasaurus.

En Rincón de los Sauces está el museo que lleva el mismo nombre. Allí se exhiben fósiles originales de Viavenator exxoni (un dinosaurio terópodo abelisaurio), de Overosaurus paradasorum (dinosaurio saurópodo) y Mahuidacursor lipanglef (dinosaurio ornitópodo). A esto se suma el parque de dinosaurios, donde esculturas de tamaño real dejan las huellas de cómo estos grandes animales dominaban la tierra hace millones de años.

Por último, en Zapala está uno de los dinosaurios más antiguos que se conoce, el Isaberrysaura mollensis. Sin embargo, el museo de la ciudad tiene otros atractivos, como la colección de minerales más importante de América Latina y los restos de reptiles marinos que habitaron nuestro territorio entre los 180 y 120 millones de años atrás: ictiosaurios, pliosaurios, cocodrilos y tortugas marinas.

CABA: Bares notables

Es una ruta especial para amantes del café, pero también de las tradiciones. Es para quienes disfrutan de un cortado a media mañana, y para quienes piensan que los problemas de la vida se solucionan en una mesa de café. Es que cada uno de los bares notable de la Ciudad de Buenos Aires atesora en su cotidiano pequeños detalles que los conservan en el pasado, pero con la mirada en el presente. Así, en La Puerto Rico todavía te traen la cuenta y te la pinchan en un “pinche de bar”, del mismo modo como cuando Cadícamo se sentaba allí junto a la ventana.

Por su valor arquitectónico, por haber sido el escenario de momentos culturales emblemáticos o por ser el punto de encuentro del barrio, estos bares notables pasaron a formar parte del patrimonio de la ciudad. En total son 85, concentrados sobre todo en el área histórica metropolitana (San Telmo, centro y microcentro y Recoleta).

A algunos es fácil reconocerlos, como el Tortoni, cita obligada para todo turista y por eso frecuentemente se ven contingentes en su puerta. Su amplio salón da cuenta de sus años, fue fundado en 1858. Entre sus grandes hitos está haber sido la sede de la Agrupación de Gente de Artes y letras, liderada en los años 20 por el genial Benito Quinquela Martín. Pero no solo él era habitué, también Cortázar, Borges y Gardel. Cuenta los curiosos que el tanguero tenía siempre la misma mesa reservada, con una ubicación especial para no ser visto fácilmente. ¿Otra curiosidad? Es uno de los pocos bares porteños que aún sigue sirviendo la leche merengada. Y todo esto acompañado por valiosas arañas de cristal y vitraux originales.

Allí cerca, por las tardes, es común entrar al Café de los Angelitos -nombre que encierra ironía, pues en sus primero años era un reducto de malandras- y poder disfrutar de un bandoneón en vivo, con su ejecutante sentado en el entrepiso. Para los niños, un guiño del pasado, les sirven leche tibia con terrones de azúcar. En su salón, dicen, Gardel acostumbraba a festejar sus éxitos convidando puchero a sus amigos durante toda la noche. Su vínculo con el tango quedó plasmado en la letra que le dedicaron José Razzano y Cátulo Castillo. Además, por su cercanía al Congreso de la Nación, allí se sentaban a discutir personalidades como Leandro N. Alem, José Ingenieros, Juan B. Justo y Alfredo Palacios. Aunque estuvo unos años cerrados, reabrió en 2007.

Yendo hacia el mítico Parque Lezama, justo en la esquina de Defensa y Brasil, el Bar Británico se convirtió en un ícono popular, sobre todo cuando los vecinos de La Boca, San Telmo y Barracas resistieron y dieron el apoyo para que sigan funcionando como tal.

Sobre la avenida Corrientes, rodeado de teatros, en esa arteria donde las luces mandan y el ritmo nunca se detiene, está El Gato Negro, un bar donde los sentidos son interpelados desde que uno cruza la puerta.  Es el lugar indicado para conseguir especias de las que desee, de todos los destinos imaginados. También café en grano.

Para las tardes soleadas, nada como La Biela, a metros de la Iglesia del Pilar, en el corazón de la Recoleta. Punto de encuentro de Borges y Bioy Casares, en sus mesas también escribieron otras plumas como la de Silvina Ocampo. Una esquina increíble en la primavera, cuando los árboles de Plaza Francia muestran todo su esplendor.

 

 

 

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