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Formosa, Pura Naturaleza

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En un recorrido por las tierras de esta provincia enmarcada en un rico entorno natural, la autora propone “abrirse de corazón a lo ancestral” y acompañar los sabores locales con un Sauvignon Blanc o un Malbec frutado.

Por Andrea Maset (*)

Formosa oriental, 11:10 am. Altura de 10.000 pies. Iniciando descenso. Verdes de todas las tonalidades divierten la mirada desde la ventanilla del avión y tientan al ojo a buscar esa figura tallada en la hierba que contenga algún mensaje ancestral.

La provincia de Chaco, el centro oriental de Salta, el norte y noroeste de Santiago del Estero y el norte de Santa Fe, integran la llamada Región Chaqueña; y, si de identidad hablamos, los invito a recorrer desde esta provincia de Formosa, una paleta de culturas gastronómicas mixturadas.

Se especula con que el nombre Formosa deriva de una locución latina que significa «hermosa» y que le habría sido dado por los conquistadores españoles, al navegar por el río Paraguay. La realidad está asentada en esta frase, una naturaleza dominante se impone y no pide permiso.

Formosa es una paleta de culturas gastronómicas mixturadas.

Es el lugar ideal para realizar paseos a pie, safaris fotográficos, avistajes de aves y conocer una fauna tan diversa que incluye desde el yacaré overo, el carpintero, el jabirú, monos, osos hormigueros y hasta el aguará guazú, entre otros que seguro estoy dejando afuera.

En armonía con su entorno, platos con ingredientes locales completan la experiencia. La mandioca, la calabaza, el maíz, carnes de pescados, el surubí y el pacú principalmente, piden el maridaje a vinos argentinos de esos que no se achican y acompañan las charlas de una tonada cantada.

Si de mitos se trata, aquí los derribamos: ¿tintos con carnes rojas? ¿blancos con pescados? Nada de eso es ley cuando la carne de pacú se acerca a la boca en un bocado ansiado y con aromas de ríos frescos, ensamblados con el jugo de algún limón. Sí, digo bien, de algún limón. Porque si hay variedad de todo aquí también es de limones, sus tenores de grasas bien pueden funcionar con un Sauvignon Blanc de Luján de Cuyo, de acertada acidez y perfumes de pomelos amarillos, pero no se
menosprecia la compañía de un Malbec frutado de taninos blandos y amable entrada en la boca proveniente de las tierras catamarqueñas.

La experiencia es compleja y se acompaña con calabazas horneadas y mandiocas fritas, finalizando una sobremesa con un exótico “dulce de guayaba”. Para mí, un difícil abanico de sabores para definir: pulpa de textura arenosa, muy perfumada de aromas terrosos, especiados como canela, maderas de incienso y color naranja brillante, un mango silvestre o un gajo cocido de mamón, sabores de ahí, que nada tienen que ver con lo conocido.

La sopa paraguaya, que no es sopa líquida, puede sorprender al turista al encontrarse con esta contradicción. Sin dudas un rosado de Syrah sanjuanino podría acompañar la suavidad de este plato que ha elegido no mudarse de aquí.

Nada impide el asado argentino, pero un buen viajero debe darles permiso a las raíces, debe abrirse de corazón a lo ancestral y, en definitiva, hacer que un paseo por tierras lejanas sea un recuerdo presente y enriquecedor, esto en definitiva nos construye.

Tierra bien argentina. Formosa, como el resto de sus vecinas provincias, no disimulan exuberancia, rica de culturas originarias, misturas musicales de arpa, guitarra y acordeón, pero también el chamamé, el escondido, la chacarera y el pericón; su gente amable, hospitalaria y sencilla, no canjean el arraigo y hacen que te vayas con el deseo de volver.


(*) La sommelier Andrea Maset es capacitadora en el Departamento de
Capacitación y Formación Profesional de FEHGRA.

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