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Noroeste, terruño único

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La cuna del vino argentino. Así define la autora de la nota a esta tierra generosa y colorida. “La identidad del lugar se logra embotellar”, dice, e invita a saborear el vino de buen cuerpo con bocados típicos.

Por Andrea Maset (*)

Pocos lugares que he visitado amalgaman tanto la música, su instrumento, la tierra y su gente, y así el vino con ellos.
Las provincias de Salta, Tucumán y Catamarca han sido testigos de fe con sus paisajes de lo acontecido allá por el 1556 cuando el conquistador y colonizador don Francisco de Aguirre, fundador de Santiago del Estero, envió los primeros sarmientos y cepas desde Chile hacia estas tierras antiguas de nuestro país, para luego replicar en las vecinas Tucumán, Córdoba, Salta y Mendoza.

Las primeras viñas obedecieron a la misión Jesuítica de evangelizar, ya que no podía haber liturgia sin vino. De esta manera, la vid conoce nuestro suelo para hoy escribir casi cinco siglos de historia, sin más ambiciones por parte del hombre que las de obtener un fermento honesto que se dejara beber de a sorbos benditos.

No hay muchos registros de esos tiempos de laboreos, de sus hombres, de esas cosechas, ni de los propios vinos, pese a que fueron los esbozos de vinificaciones primigenias; y la piedra fundamental de lo que conocemos como la vitivinicultura argentina hoy.

Las primeras viñas obedecieron a la misión Jesuítica de evangelizar, ya que no podía haber liturgia sin vino.

Tal vez fueron tiempos de inspiración para algún apasionado que alimentó sus ansias de crecer en tiempos de “Hacer la América”. En todos los casos, el terruño fue generoso, abrazador y paciente pero no por eso menos hostil y, debe ser mencionado, que seguramente dio origen a nuestra cepa insignia, la Torrontés, que a lo largo de los años fue surgiendo de manera espontánea fruto de su adaptación a un suelo que pasaba desapercibido.

El Noroeste y sus vastas tierras coloridas en la piedra, extensas en su dimensión, combinan verdes de bosques nativos con algún río oportuno, vastas salinas blancas, llanuras y montañas. Esta región ofrece una paleta de terroir para las vides, caracterizada por la adversidad, altitudes de cultivo que superan los 1700 msnm, clima dual, poca lluvia, suelos arenosos, y valles que funcionan como oasis donde la ilusión encuentra sosiego.

La expresión del vino del noroeste es marcada y contundente, se disfrutan cepas como la tannat, malbec, cabernet sauvignon, semillón, syrah y torrontés, entre otras. La identidad del lugar se logra embotellar y no se disimulan en absoluto los perfumes en la copa.

Taninos intensos para los tintos, amarillos dorados para los blancos, vinos de buen cuerpo y notable caudal en la boca podrán acompañar a la par bocados como las clásicas empanadas de carne salteñas, un delicado tamal santiagueño y hasta la degustación de un fibroso dulce de cayote de receta antigua de algún rincón norteño. Placeres sibaritas mezclados con historia de principio a fin.

Maridaje Musical: La Humilde, de Atahualpa Yupanqui.


(*) La sommelier Andrea Maset es capacitadora en el Departamento de
Capacitación y Formación Profesional de FEHGRA.

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