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La tierra prometida

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Creer que del desierto y la piedra se puedan obtener tantos miles de litros de vino, convierte lo antagónico en poesía, dice la autora de las magníficas vides cuyanas.

Por Andrea Maset (*)

En el centro oeste de la República Argentina, entre los paralelos 28 y 38 grados latitud Sur, se encuentran emplazadas de manera augusta tierras que entre desiertos, ríos y montañas han sido regadas de historia desde tiempos del Imperio Inca; el mismo que bautizó con el vocablo “Cuyo” a esta vasta extensión, término con el que también se mencionaba a los vasallos del imperio, que habitaban el sur.  Mi mente esboza entonces: “tierra de lealtad”.

Las primeras vitis viníferas de las zonas de Mendoza, San Juan, La Rioja fueron traídas de la mano de los jesuitas y franciscanos, y de allí para adelante por grupos de inmigrantes italianos, españoles, franceses, entre otros; que acoplaron sus conocimientos a los de nuestros criollos que ya laboreaban la viña. Quizás las vides encontraron por fin, en el reposo del piedemonte, una tierra prometida.

Es común escuchar que las vides se han enamorado de este suelo por su pronta adaptación, logrando evoluciones fantásticas, inesperadas; generando mutaciones de tal magnitud que transformaron hasta su genética, como ha sido el caso de nuestra Torrontés. Tal vez, a los principales componentes del terroir: altitud, latitud,
cercanía al mar, vientos, regímenes de lluvias, suelos, riego, amplitud térmica, podamos incluir el más importante de los atributos: la lealtad de la mano del hombre en el trabajo de la viña.

Las vides son austeras pero selectivas. No necesitan de la abundancia para crecer, ni para dar sus frutos, mucho menos para envejecer. He pasado atardeceres en algún lugar de la viña mendocina observándolas y tratando de aprender algo de ellas. Planta mística que con solo 600 mm de agua anual (algo de riego y algo de lluvias), puede regalarle al hombre litros y litros del fermento noble. Las condiciones naturales de clima y de suelo de la región de Cuyo, permiten producir uvas con
excelente nivel de sanidad, muy buena madurez en azúcares y en polifenoles, con las cuáles se pueden elaborar vinos varietales muy frutados, equilibrados en acidez y fáciles de beber e incluso vinos con mucha estructura, complejidad y concentración de fruta; con taninos dulces y aterciopelados, aptos para una guarda prolongada en barricas.

Creer que del desierto y la piedra se puedan obtener tantos miles de litros de vino, convierte lo antagónico en poesía. Las destacadas cualidades del terroir hacen que un Syrah del Valle de Tulum, un Malbec de Altamira, un Cabernet Sauvignon de San Rafael o un cristalino Torrontés de La Rioja perduren por su calidad no solo en la boca, sino también en la memoria.

Maridaje musical: Calle Angosta, cueca cuyana compuesta por A. Zavala y A. Alfonso. Interpretación: Yamila Cafrune y Facundo Saravia.


(*) La sommelier Andrea Maset es capacitadora en el Departamento de Capacitación y Formación Profesional de FEHGRA.

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