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¡Cerrame la nueve!

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Siguiendo con las instrucciones que desde estas páginas solemos aportar para que todos —clientes y trabajadores— estén conformes, en esta edición aconsejaremos sobre “las ocho cosas que los camareros deberían evitar”. No se lo pierda.

Texto: Alejandra Rey

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¡Ay los camareros! Gente sufrida que corre a apagar los incendios que los  clientes  dejan  prendidos,  que  memorizan  más  de  tres  pedidos por  vez  sin  equivocarse,  que  se  bancan  el  mal  humor  de  algunos comensales, el llanto de los niños, la disconformidad de la nona y que recuerdan el aspecto de ese cliente áspero y avaro que se fue sin dejar propina.

¡Ayyyyyyy! ¿Alguien los comprende? ¿Existen psicólogos expertos en “camareros/mozos”? No, parece que no. Y seguro que es por eso que algunos de estos hombres y mujeres infatigables suelen cometer actos poco profesionales, que detallaremos a continuación y que hay que evitar.

Afortunadamente no es lo habitual, pero en muchos establecimientos el comensal llega cargado con un hato de cosas e intenta sacarse el abrigo frente a la atenta mirada del camarero, que no dice esta boca es mía. ¿Y si en vez de mirar lo ayuda? Asistir a un cliente para ponerse cómodo  es  una  de  las  gentilezas  que  siempre  se  agradece  y  que seguramente colaborará para que el parroquiano deje mejor propina.

Tampoco, la verdad, queda bonito que “los magos de la bandeja” miren cómo el cliente se para en la vereda a esperar que pase un taxi —que nunca  llega—  y  no  ofrecer  sus  servicios  para  intermediar  entre  el descendiente de Rolando Rivas y el comensal. Dele, ayude, si usted tiene un silbido memorable y sabe de memoria todos los recovecos de la calle.

Una de las cosas más bonitas que tiene eso de sentarse a desayunar en un bar es ver la mesa limpia. Tiene que ver, más que con la limpieza, con que la primera comida diaria es la más íntima, ceremoniosa, y se hace con suma prolijidad y paciencia. De modo que no sacar a tiempo los restos del desayuno del cliente anterior le va a restar puntos y más si dice: “Ya se la limpio” y vuelve a los 15 minutos.

En  esos  días  aciagos,  cuando  el  calor  aprieta,  es  frecuente  que  los parroquianos  se  apersonen  al  establecimiento  con  la  excusa  de tomar  agua  o  café,  aunque  en  realidad  lo  hagan  para  refrescarse frente  al  aire  acondicionado.  Lo  hacen,  apuntamos,  porque  es demasiado tentador el cartel colgado en la puerta que dice “ambiente climatizado”. Pero resulta que el mozo no lo prende porque no hay nadie. Noooooooooooo, prenda, prenda ese frescor aunque esté solo.

Los restaurantes y bares cercanos a cines y teatros saben muy bien que los locales se llenan cuando la función termina y que todavía se usa eso de “tirarse el ropero” encima para salir. Entonces, ¿por qué escatimar comodidades?  Nada  le  cuesta,  buen  hombre  —genéricamente hablando—, cubrir con un mantel inmaculado la silla con los abrigos.

Nadie  más  que  usted  sabe  la  cantidad  de  accidentes  que  pueden producirse en un establecimiento gastronómico, lo traicioneras que son  esas  puertas  vaivén  y  lo  inestable  de  las  salsas,  brebajes  que desatinadamente aterrizan en sacos, tapados, pashminas y carteras.

Cubra y cúbrase usted mismo: es lo más conveniente. Queda feo, pero muy feo, mirar fijo a los ojos a ese cliente que no dejó la propina justa. Y no siempre es por maldad o avaricia. Muchas veces el parroquiano se quedó sin cambio o pensó que la propina se puede incluir  en  el  pago  con  tarjeta  de  crédito:  es  un  problema  de  él,  no suyo y lo habitual es que el cliente sea generoso, aunque siempre hay excepciones a la regla.

Situación:  cliente  que  se  toca  los  bolsillos  del  saco,  del  pantalón… ¿Por qué no le pregunta si lo puede ayudar en vez de jugar al adivino? Por ahí se olvidó algo en el taxi y usted puede llamar a la empresa y recuperar el objeto del deseo.

Se entiende que los vendedores de flores o de cualquier cosa molesten a  los  habitués,  pero  tiene  que  tener  mucha  delicadeza  cuando  los despache:  siempre  sea  amable;  una  caricia  a  tiempo  salva  muchos inconvenientes. Y los comensales nunca pierden de vista cómo usted trata o destrata a los más vulnerables.

Por  último  y  de  yapa,  es  preciso  saber  que  está  totalmente desaconsejado no sonreír. Es tan placentero mirar al camarero cuando se elige la comida buscando la complicidad, que se expresa justamente con una carita del tipo emoticón.

Quizá ustedes, señores y señoras camareros/as, olvidan que también son  clientes  y  esperan  lo  mejor  del  mesero  cuando  se  sientan  a  la mesa.  Quizás,  como  profesionales,  ustedes  sean  más  exigentes  que los demás, así que mientras degusta algún plato manjaroso piense en cómo le gusta ser atendido y haga lo propio en consecuencia: la vida es un enorme espejo.

¿Le agrada, por ejemplo, que el mesero le diga “qué hacés, fiera”, o “son 70 pesos, madre”, o “cómo estamos, máquina…”? Quizá sea lo habitual —especialmente en establecimientos de barrio—, pero no a todos los que entran por primera vez les agrada la confianza excesiva.

Ahora sí, ¡Cacho, cerrame la nueve, que la casa invita el café!

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