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Ocho cosas que no se deben hacer en un hotel

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Un hotel es un alojamiento con reglas, explícitas o implícitas, que no siempre se respetan. Con humor, en este informe dirigido al huésped se le sugiere que no haga fuera de casa lo que jamás haría en ella.

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Shhhhhh, silencio. Hace muy pocos días, en la ciudad venezolana de Maracaibo, el astro del fútbol argentino Diego Maradona tuvo una idea que le costó el fin de la estadía en el hotel donde se alojaba y una importante multa, y todo por llevar potentes parlantes a la piscina y ponerse a bailar cumbia. ¿Habrá sido por la cumbia? ¿Por los parlantes? ¿Por la novia que se atrevió también a “tirar” unos pasos? ¿Por el ruido? ¿Por la voz del cantante o porque justo se había alojado allí una convención detractora de ese ritmo? No, señores, la sanción fue por “mal comportamiento”. Lo reprendieron como se hace con los adolescentes en las escuelas, fue casi una amonestación. Pero una amonestación bien puesta: no se puede, definitivamente, poner parlantes en un lugar donde cientos de turistas intentan descansar, aunque seas Maradona u Obama. Es decir: hacer ruidos molestos, en cualquier lugar del alojamiento, está prohibido y esta se convierte en una de las ocho cosas que el huésped NO debe hacer.

Los niños primero. Escena en un hotel del sur del país, por caso, muy lejos de donde partieron los visitantes. Equipaje, bolsas, bolsitas, residuos, mochilas con snacks y ¡niños! No, querida familia, eso de dejarlos correr libres como el viento por las instalaciones, mientras ustedes reposan un rato, no se hace. Los menores de edad pueden ser molestos, especialmente, en aquellos alojamientos donde no hay salones especialmente acondicionados para ellos. Y “ellos”, en tanto niños, rompen las reglas todo el tiempo: molestan con sus gritos, sacan vituallas del frigobar —mientras los padres se distraen—, corren por los pasillos, lloran, cantan, se tiran por las escaleras arriba de una almohada, en fin, todo lo que hacen esos dulces angelitos. Y está muy mal que los padres no hagan nada, a pesar de los reproches educados de los encargados del establecimiento. Porque con esto los pobres angelitos rompen varias normas: ruidos molestos, ingreso en lugares prohibidos por peligrosos —cocina, piscina, gimnasio— sin autorización y acompañamiento; no preservar la limpieza del hotel ni del medio ambiente si corren vertiginosamente al jardín con bolsas de nylon. En fin, queridos padres, hay que ocuparse.

El minibar. Es costumbre de muchos sacar las provisiones del minibar para luego comprar los mismos productos afuera y reemplazarlos, y así evitar los costos del alojamiento. Lo que pocos saben es que en muchos de los nuevos hoteles están instalando sensores que cargan inmediatamente a su cuenta lo que se retira; y a no quejarse, porque es lo correcto. Y hay más: ¿le parece que es un buen ejemplo para sus hijos que haga eso cuando les aconseja “no robar”, “no engañar” al prójimo? Piense. Madure.

Robo ¿a mano armada? Y sí, un poco armado usted está. Y el arma es su propia mano y las malas intenciones y educación que trae. Verdad es que las almohadas de pluma son un atractivo irresistible para todos y que nos quitaría en casa ese dolor de espalda tan molesto. ¿¡Pero llevársela!? No, así no. Todo lo que haya en la habitación de un hotel es propiedad del hotel y usted no se lo puede llevar. Muchos establecimientos que tienen amenities como piscinas, y que ponen a su disposición batas y calzado, han recurrido, con éxito, a un arma psicológica que está dando buenos resultados: exponen batas y sus precios en conserjería como para que se entienda que no es un regalo o souvenir.

Pasá, pasá, todo bien. Esa suele ser la frase con la que se suele invitar a una compañía extra y a veces circunstancial. Es verdad que usted tiene el derecho de hacer entrar a algún o algunos acompañantes a su habitación, pero no se pase de la raya con el tiempo: un ratito es un ratito y no incluye la noche completa. Y no se haga el vivo porque, como los encargados de los hoteles están muy bien entrenados, nada le dirán a la mañana siguiente, pero sí lo harán a través de la cuenta. ¿Canchero yo? Más o menos.

Las normas están para cumplirlas. A ver, lea bien esto: no fumar significa no fumar, entonces no fume, no juegue con fuego que va a inundar todo. Los carteles están para indicarle lo que no hay que hacer, entonces no entre por donde dice salida, no arremeta contra el vidrio del matafuego cuando dice “no rompa” —sin dobles o triples intenciones—. Y cuidado: muchos hoteles tienen previstas multas importantes, que figuran en el instructivo que el visitante raramente lee: no diga que no le avisamos.

¿Qué te pusiste? Usted no anda así por su casa. Y lo sabe. Es molesto que paguen justos por pecadores. Porque en algunos establecimientos que dan al mar, todos amorosamente decorados, tienen que colgar cartelitos con la leyenda: prohibido andar en traje de baño por las instalaciones. Esto quiere decir que en el pasado hubo mucha zunga y cola less dando vueltas por la recepción, mientras las abuelas tapaban los ojos de sus nietitos y aconsejaban que no se vistieran así en el futuro, con el dedo índice mirando el firmamento para acentuar el pensamiento. ¿Se dio cuenta de que cualquier traje de baño queda bien en la playa o en la piscina pero no en recepción, donde todo el mundo está vestido? Reflexionemos.

Los servicios extra. Así usted haya pagado por un servicio todo incluido, siempre habrá cosas que no lo están. Por ejemplo, los masajes o tratamientos estéticos del spa, algunas de las bebidas alcohólicas, frigobar, biblia, toallas extra… No lo haga porque no están incluidos, no sea porfiado, y por favor no tome revancha a la mañana siguiente llenando los platos a tope —sabiendo que no va a comer semejante barbaridad— y llevándose bebidas sí incluidas porque es horrible. En los primeros casos, deberá pagar y, en los últimos, cargar con la vergüenza.

¿Qué te pasa? ¿No escuchaste lo que te dije? Este ítem es una yapa dirigida a los pasajeros. Porque esta frase suele escucharse en algunos hoteles pequeños, familiares, cuando llega ESE pasajero, el soberbio, el apurado, que habla por dos celulares a la vez, en fin, usted sabe de quién le hablamos. Ese señor (seguro que acompañado por una mujer sumisa y niños temerosos) gritará, estallará de ira, se acordará de su familia, amenazará, en fin, lo que los empleados tan bien conocen. El personal del hotel está para su servicio, así que trátelo bien, con respeto y gratitud. Y siempre recuerde que esa persona a la que usted destrata está autorizada para llamar a la policía y eventualmente echarlo. Nadie merece que un energúmeno comience una escena y ponga en ridículo al empleado. Sí, escuchó bien, empleado, no esclavo. Insistimos. Piense, señor pasajero, madure.

 Y le regalamos algunos datos: una encuesta realizada por el portal Expedia entre 4.500 hoteleros de todo el mundo concluyó que los franceses son los peores huéspedes, mientras que los japoneses fueron elegidos como los mejores. Uffff, qué bueno: por una vez la Argentina no “rankea”, a pesar de la mala prensa o de cientos de opiniones acertadamente negativas. Sigamos así.

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